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El mundo se acaba… otra vez*

Como faltan sólo 21 días para que se acabe el mundo y los matinales ayudan a generar sicosis entre la gente, presento esta nota acerca del cuento del tío más viejo que conozco: El mundo se acaba… otra vez.

Desde tiempos inmemoriales el hombre está convencido de que el mundo está por llegar a su fin. Esta obsesión apocalíptica esconde una considerable dosis de egolatría: el mundo se acaba precisamente cuando yo vivo… ¿No será que lo que se acaba es nuestra efímera vida y lo que llamamos “decadencia de la civilización” no es más que la inevitable decrepitud de nuestra carne?

Las trompetas del Apocalipsis empezaron a sonar en Europa hacia el año 1000 durante el llamado “milenarismo”. Por fortuna, la mayoría de los habitantes del Medievo no tenían ni la más remota idea de en qué año vivían, de modo que sólo un puñado de sectas se dedicaron a vagar por los campos anunciando la mala nueva.

El primer Papa en anunciar “oficialmente” un fin del mundo fue Inocencio III, que lo estableció en 1284 haciendo gala de una aritmética infalible: ese año es la suma del año de fundación del Islam (618, aunque en realidad fue en 622) y 666, el número de la bestia, 1284 pasó sin pena ni gloria como era previsible.

En 1524, un influyente astrólogo alemán vaticinó un enorme diluvio que serviría de preludio al fin del mundo, con motivo de una conjunción planetaria en torno al signo de Piscis. Los más pudientes tomaron la profecía en serio y empezaron a construir grandes arcas al estilo Noé. Cuando empezaron las primeras lluvias cundió el pánico; la gente se lanzó a los barcos provocando numerosos naufragios que a punto estuvieron de avivar un miniapocalipsis.

1881 fue la primera fecha para el fin del mundo anunciada por Charles T. Russell, fundador de los Testigos de Jehová (…). Al narrar en su primer intento, Russell pospuso el ocaso para 1914. Sus sucesores ampliaron el listado con la inclusión de 1925, 1966, 1984 y 1994, sin acertar hasta ahora, gracias a Jehová.

En 1910, el cometa Halley hizo su penúltima visita a la Tierra. Años antes, el astrónomo Camille Flammarion publico un libro titulado El fin del mundo, en el que anticipaba que el roce de la cola del cometa, cargada de cianógeno, envenenaría la atmósfera terrestre. Miles de personas se quitaron la vida eliminando sabiamente sus genes de la carrera por la evolución.

Llegamos ya al segundo cambio de milenio, más tecnológico pero casi tan histérico como el primero. Abrió fuego el modisto Paco Rabanne que, en 1999, anunció que la estación MIR caería sobre París, arrasando la ciudad. No era el fin del mundo pero, al menos, sirvió para que se retirara de las pasarelas. Más enjundia tuvo el Y2K, el famoso “problema del año 2000” que, supuestamente, iba a dejar al mundo sin electricidad ni ordenadores (el Armagedón informático) y que finalmente tuvo menor impacto que el error de Marisa Naranjo en las campanadas del 89.

Ya es vox populi que el próximo 21 de diciembre de 2012 está previsto el próximo fin del mundo, esta vez cortesía de los mayas del 3131 a.C. Según los astrólogos de aquella civilización, el día señalado el sol culminará su quinto cielo y la Tierra, Júpiter y Marte se alinearán de tal forma que el Sol quedará en el centro. La atmósfera de la Tierra será atravesada por fuertes corrientes energéticas que destruirán nuestro planeta.

Dada la experiencia acumulada hasta la fecha, me atrevo a desmentir la profecía del 2012. ¿En qué me baso? En que hay unos cuántos Apocalipsis para después de esa fecha y no están pronosticados por echadores de cartas ni modistos, sino por científicos prestigiosos. Verbigracia: en 2013 sucederá una gran explosión solar, según advierte un astrofísico de la Agencia Espacial Europea, un año después, en 2014, una nubve de polvo cósmica destruirá la Tierra y todo el Sistema Solar, según un astrofísico de la Universidad de Cambridge. En el improbable caso de que nos libremos de esa, en 2016 se derretirán los glaciares e inundarán gran parte de la tierra firme, asegura un Climatólogo de la NASA.

Éstas son sólo un puñado de las profecías apocalípticas más serias y, a pesar de todo, estoy convencido de que usted, su familia y yo mismo moriremos de viejos, a no ser que un Apocalipsis privado cercene nuestras frágiles vidas.

 

(*) Nota de Iñaki Berazaluce, publicada en revista Ling en marzo de 2012.